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«el juício es precisamente el poder de organizar hasta el infiníto- Gilles Deleuze

Esto es un cuento. Un intento.Esto habla de seres quebrados de cada lado de su abismo. Del inevitable desdoblamiento de los cuerpos.Esto quiere transar en la discontinuidad de dos seres. No colmarla: exponerla. En el comienzo hay una mujer, un cuerpo de mujer extendido en el espacio: hay dos mujeres, sus cuerpos extendidos en el espacio por la voluntad de un hombre ... un ojo. Hay dos inmovilidades de mujer en paralelo. Hay dos cuerpos desnudos ... cuerpos de mujer desnuda. Hay un hombre. Una voz. Una voz que ordena desde la impronta del deseo. Una voz de hombre queriendo organizar el espacio, organizar la desnudez de dos mujeres extendidas, desnudas, a plena luz. Manos que acarician salen de esos cuerpos desnudos. Viajan por efecto de la voz. Manos de mujer. Manos de mujer interceptando un cuerpo de mujer al final de un deseo de hombre. Manos dibujando sobre los cuerpos los trayectos de otro deseo. Hay una voz de hombre animando recorridos en dos cuerpos de mujer. Hay una voz de hombre guiando una mano de mujer que hende una carne de mujer. Hay una voz de hombre que acaricia una mano de mujer que acaricia una mujer. Hay dos cuerpos de mujer desplegados a cielo abierto, desnudos, completamente desnudos. Y hay encuentros. Hay cajas de huesos que se arquean en paralelo. La electricidad pasa. Amontona, sobrepasa el placer. Hay un silencio de mujer acariciando una voz de hombre. Hay cuerpos de mujer que ondulan al unísono. Hay una piel que se arruga al contacto de una piel portadora del deseo de otro. Del deseo de devenir-otro. Hay una voz de hombre que quiebra el hinchamiento paralelo de dos cuerpos de mujer. Hay un estremecimiento que anuncia el fin: cuatro manos mujerdesnuda que se sueltan se alejan apartan el espacio. Hay una voz de hombre que se aja, se hende, se hunde. Hay dos cuerpos de mujer que se levantan inmensos en un silencio absoluto de hombre. Hay dos mujeres desnudas que se izan en paralelo. Dos fuerzas de mujer que contraen el absoluto, entre manos y piernas y dolor y ansias y espejos y recintos oscuros y humedad de membranas tensas y efluvios, y un desenlace de anchura y luz. Y entonces, hay cuatro manos espesas, viscosas, que se cuelgan, apretan, extinguen para siempre esa caja de la voz, ese receptáculo tenso de resonancia, ese territorio, esa masa, esos músculos, esa voz ... de hombre.

Una voz que acaricia una mano que acaricia, de Octavia de Cádiz fue publicado en revista Cafealaturca nº6, 1999, Montevideo, Uruguay